Pearl Harbour

No fue esta la única torpeza. Los soldados que manejaban el radar móvil al norte de la isla Oahu, y que vieron en su pantalla al menos a 50 aviones nipones, se tranquilizaron tomándose un té. Los buques de guerra estadounidenses estaban posicionados en hilera de a dos en la Avenida de los acorazados. Y las baterías estaban desarmadas por temor a los sabotajes de una Quinta columna japonesa y, por el mismo motivo, los aviones de las bases aéreas estaban desprovistos de combustible y colocados muy juntos para que fuesen fáciles de vigilar. Por no hablar de esa Quinta columna, es decir, la población japonesa en las islas Hawai, que fue muy descuidada y por la que se pudieron mover con facilidad los espías japoneses. Además, Yamamoto había elegido un domingo, día de resaca de la habitual fiesta del waikiki y sexo a la que se entregaban los relajados soldados de Hawai. Este almirante, contrario a la acción que emprendía, llevaba como señal para la embestida el mensaje Tora, tora, tora o tigre, por el proverbio nipón Para coger a los cachorros del tigre, hay que meterse en su madriguera, a sabiendas de que despertaría al Gigante dormido y sus conocidas capacidades industriales.
El ataque a Pearl Harbor fue una victoria pírrica para los japoneses.
Los portaaviones Enterprise, Lexington y Saratoga salieron indemnes porque, curiosamente, se encontraban en otra parte. Los depósitos de combustibles, los talleres, los almacenes y los muelles, así como decenas de barcos auxiliares y de guerra debido a la pronta retirada del ataque por decisión del almirante Nagumo.
La base quedó escasamente dañada y en pocos meses volvió a funcionar a pleno rendimiento y allí mismo se repararon buena parte de los daños ocasionados a los barcos, por no decir que 6 de los 8 acorazados hundidos fueron reflotados, el West Virginia, el Tennessee, el Maryland, el California, el Nevada y el Pensylvania. Así que lo que Tokio imaginó como el golpe decisivo a los Estados Unidos, se convirtió en la voluntad común de vengar la humillación recibida e inició una nueva era patriótica en aquél país.

 


Pero, ¿fue un cebo? Hay quien lo asegura sin asomo de duda, entre ellos prestigiosos historiadores, como J.F.C. Fuller, que escribe La asombrosa historia de cómo los japoneses fueron inducidos a la guerra por el presidente Roosevelt queda resumida por el almirante Theobald, cuando dice: Sosteniendo una débil flota del Pacífico en Hawai como invitación a un ataque sorpresa y negando a su jefe la información que le hubiese hecho posible rechazar tal ataque, el presidente llevó a la guerra a los Estados Unidos el 7-12-1941. Lanzó a una sobreexcitada nación a la lucha sin que nadie pudiera sospechar hasta qué punto el ataque japonés encajaba en los planes presidenciales.
Otro prestigioso historiador, Eddy Bauer, dice: Una vez que en Wasinghton el coronel William S. Friedman y su equipo de criptólogos lograron descifrar, con tiempo suficiente, las claves diplomáticas japonesas, ¿cómo se explica que en Pearl Harbor la flota del Pacífico no fuera advertida de la maniobra que se preparaba para sorprenderla? Porque el presidente Roosevelt y su consejeros, el general Marshall y el almirante Stark, decidieron hacerla servir como cebo al tigre japonés, y que el riesgo al que se exponía de esta manera, era el único medio de provocar la agresión que llevaría a los Estados Unidos, por fin, a la guerra. No deja de ser sorprendente la suerte de que, precisamente durante el ataque, no se encontraban en la base ni los portaaviones ni los submarinos. De los primeros, sólo tres, destrozaron a los japoneses en Midway, y los segundos, con ayuda británica, arruinaron a la flota mercante nipona. Tampoco parece casual la necesidad de Roosevelt de desviar la atención de su electorado sobre el escándalo de la NIRA (Ley de la Recuperación Industrial Nacional) que había sido tachada de inconstitucional por el Tribunal Supremo, así como a la Ley de Ajuste Agrario, para fijarlo en el exterior y proseguir con su política belicista e internacionalista.